Acoso, humillaciones, insultos
Conocemos bien estas lacras de la vida en sociedad, y nos esforzamos por combatirlas. Pero hay un caso que descuidamos: aquel en el que el agresor es uno mismo.
A menudo, en nuestra cabeza resuena una voz maliciosa que nos ataca, nos sermonea, nos menosprecia; una voz que nos dice que, hagamos lo que hagamos, estamos equivocados, que no merecemos nada bueno, que tenemos un defecto fundamental. Y habla especialmente fuerte cuando además formamos parte de una categoría dominada: mujeres, niños, minorías sexuales o raciales...