Aunque Orfeo no lo sea en sentido estricto como sí lo es Hermes, por ejemplo, desciende al Hades con la esperanza de rescatar a su amada Eurídice. Ese gesto desesperado lo convierte en uno de los pocos mortales capaces de cruzar el umbral que separa la vida de la muerte y de caminar, por un instante, entre ambos mundos.Amélie Nothomb hace algo parecido con cada nuevo libro: de cuatro a ocho de la mañana, todos los días sin excepción, se entrega a la página en blanco con la esperanza de no haber desaprendido a escribir, como un pájaro que nunca olvida cómo volar. Y no falla ni un solo día, porque, si dejara de hacerlo, según confesaba años atrás en una entrevista, entraría en un proceso de autodestrucción. La literatura se convirtió, hace tiempo, en la única forma que encontró de entregarse a la ebriedad del vacío: cada mañana se lanza al cielo, se regocija en el aire y consigue aterrizar en un suelo que no cede.Precisamente de eso trata Psicopompo: de volar. El amor de Nothomb por los pájaros desembocó en una suerte de mímesis forzada cuando, a los doce años, vivió el episodio más doloroso de su vida: un abuso que derivó en la anorexia que la acompañaría toda su adolescencia. «Si escribo es para que el hielo no se solidifique dentro de mí», afirma. La escritura se convierte así en su renacimiento: la forma de sobrevolar un cuerpo hostil y enfermo y una mente obsesionada con la destrucción.